Piensa que siempre estoy. A todas horas y en cualquier lugar. Sólo llámame y lo dejaré todo para hacerte compañía...
El teu Àngel de la Guarda, de Joan Manuel Serrat
Ya, ya sé.
Raíces y alas...
Raíces para que sepas dónde está la tierra que te alimenta.
Alas para que puedas volar a dónde tú quieras.
Debo ser la madre más miedosa del mundo porque cuando escucho ésta canción me da por llorar.
Porque he reído con tus sueños de risas, porque he velado tus noches de pesadillas infantiles, porque conozco el mar.
Porque conozco la mar me he acostumbrado a tener el faro siempre encendido.
Para llevarte a salvo a donde encuentres refugio, para que no se te trague la mar y te respeten las olas.
Y porque te amo más que a nada y más que a nadie, vigilo con celo de amante que nada detenga tu camino y que llegues sin apenas heridas allí donde la vida te espera.
Pero no me fío de tu ángel de la guarda.
Vaya a ser que la mar le haga "basarda"...
A mi no que no m'en fa.
Gens ni mica.
Últimamente dejo mis trastos en el antigüo trastero...
Cuando los perfumes venían de París la vida era más fácil.
Cuando los perfumes venían de París , mi madre me destrenzaba el pelo los domingos por la mañana y me metía en una bañera calentita y llena de espuma.
Cuando los perfumes venían de París, los lunes por la mañana me tomaba un Cola Cao, me trenzaban de nuevo el pelo y me mandaban al colegio.
Cuando los perfumes venían de París, Avon llamaba a la puerta y mi madre no le abría.
Cuando los perfumes venían de París yo soñaba con Los Cinco de Enid Blyton y con Heidi de Johana Spiry.
Cuando los perfumes venían de París, yo pintaba en una libreta de espirales con mi caja de 36 rotuladores Carioca.
Cuando los perfumes venían de París, yo olía a Moussel cuando salía de casa, vestidita con mi uniforme, mis zapatos, mi falda y mi chaquetilla azul marino, mis calcetines, mi blusa y los lazos de las puntas de mis trenzas de color blanco.
Cuando los perfumes venían de París, no me preocupaba que un día fuésemos alguno menos en casa.
Cuando los perfumes venían de París yo era tan, tan inocente... y tan, tan feliz.
¡Han vuelto a comercializar elMoussel de Legrain!
Y hoy con un simple aroma, me vuelve a parecer que la vida otra vez es más fácil, que yo soy tan inocente como entonces, y que aún puedo ser tan, tan feliz...
Se equivocó la paloma, se equivocaba. Por ir al norte fue al sur, creyó que el trigo era el agua. Creyó que el mar era el cielo, que la noche la mañana. Que las estrellas rocío, que la calor la nevada. Que tu falda era tu blusa, que tu corazón su casa.
(Ella se durmió en la orilla, tú en la cumbre de una rama.)
Rafael Alberti
- ...
- Lo prometo, señor juez.
- ...
- No sabía que estaba robando. Yo creía que podía entrar y quedarme un rato si me apetecía.
- ...
- Creía que todas las casas eran mi casa, aunque estuviesen en otro barrio. Creía que podía entrar a leer lo que quisiera y que me podía ir sin decir nada...
- ...
- Se lo juro.
- ...
- No, no lo sabía...
- ...
- Algunas palabras se me quedaban pegadas a los ojos un rato, pero nunca me he llevado nada.
- ...
- Si, señor.
- ...
- Imagino que por vergüenza, por timidez, por desconfianza... no lo sé, la verdad.
- ...
- Intentaré dejar un aviso, o una nota diciendo que he entrado.
- ...
- Lo sé.
- ...
- Si, también he visto el cartel en la puerta...
- ...
- Lo entiendo, y lo acato, pero no le prometo que no vuelva a intentar forzar la cerradura.
En la oficina tenemos un modernisimo dispensador de agua con tres pulsadores. Por uno sale agua fría, friísima. Por el otro, agua a temperatura ambiente. Por el último, agua caliente para las infusiones.
El dispensador, de ultimísima tecnología made in poland, está dotado de un potente filtro de doble acción que evita posibles contaminaciones.
Podiamos optar entre agua de manantial y agua mineral, y por decisión mayoritaria, es de agua de manantiales made in ni se sabe, explotados con el máximo respeto hacia el medio ambiente, lo que hace que, tras pasar múltiples controles de calidad, conserve su pureza original y una mineralización equilibrada, ideal para el organismo.
Para beber disponemos de vasos de papel ecológico, made in italy, herméticamente envasados en paquetes de cincuenta, que garantizan una higiene absoluta.
Cada verano lo mismo (aunque en invierno, también).
No me gusta beber el agua helada, ni tampoco caliente. No me gusta esa agua pura que, de tan pura, sabe a pura asepsia.
Al final éste año he pasado del qué dirán (han dicho de todo) y he optado por beber el agua como dios manda, como se ha bebido siempre en casa y como más me gusta.
El agua con sabor a agua, con un toque terruño, a la temperatura ideal para mis dientes y mi garganta.
Y eso... que me he llevado el botijo a la oficina. Fabricado íntegramente en La Bisbal.
No el fresquito, no. El fresquito es sólo el preludio de mi alegría especial.
Es cuando llega el frío de verdad cuando me entra esa alegría especial.
La gente me pregunta por qué, pero yo no cuento nada, para que no se rían de éste antigüo secreto que me hace reír.
Y es que es inevitable.
En cuanto empiezo a notar que los tejados están blancos por la mañana, y que en cuanto salgo por la puerta mi aliento se convierte en humo, me entran ganas de reír y de cantar.
Y es el colmo de la felicidad cuando noto aquel picorcillo tan esperado y familiar en la garganta, y el olor del frío que se cuela por mi nariz y llega hasta mi frente, justo entre las cejas.
No, no. No es que me ponga en manga corta para provocar la llegada de los estornudos y de los ojos vidriosos. Espero que la sensación llegue por su cuenta. Es más bonito así.
Y cuando toda mi cara es la imagen viva de una congestión, cuando la cabeza está pero no está, entonces es cuando mi alegría es mayor. En el trabajo, entre estornudo y tos, tarareo una canción. Almas bienintencionadas me ofrecen una aspirina y o un frenadol que por supuesto agradezco y rechazo con una sonrisa.
Porque es entonces cuando llega la sensación, la bella sensación esperada desde el año anterior y que se reproduce invierno tras invierno desde hace ya muchos inviernos.
Dos palabras. "¿Te acompaño?".
Dos en plena calle, dos en pleno frío.
Dos esquinas antes de llegar a mi casa.
Dos horas de secretitos, dos bajo una farola apagada.
Dos cuerpecitos temblando, el mío, no temblaba de frío.
Dos almas, dos puños apretados en los bolsillos de la chaqueta.
Dos manos curiosas en mi espalda.
Dos narices inexpertas que se chocan torpemente, ahora a la derecha, ahora hacia la izquierda...
Y un amor de resfriado que nació en una tarde para contagiarme el recuerdo de cada invierno...
Después de comer, me siento 10 minutos en el sofá antes de volver al trabajo. En ésos 10 minutos mi nivel de exigencia televisiva está bajo mínimos, lo se, y soy capaz de tragarme lo que me echen.
Es como las lecturas en el baño... ahí también baja el nivel de exigencia literaria. En el labavo, yo he leído desde propaganda del Lidl hasta etiquetas de los botes de jabón, de los desodorantes... pasando por revistas de ideología religiosa que me dejan en el buzón como si fuesen los mejores "best sellers". Y ruego me perdonen
Pero nos desviemos del tema: La hora de la comida y mis diez minutos de tele.
Ayer tocó Telecinco, y el programa "De buena Ley", en el que el que dos personas que mantienen posturas opuestas en un conflicto tratan de oir los respectivos puntos de vista e intentan llegar a un acuerdo amistoso.
Ayer un marido llamado Severo había puesto límite de 500,00 € a la tarjeta de crédito de su mujer, que se llamaba Angustias. La angustiada esposa reclamaba a su marido que no limitase sus gastos. El severo marido llamado Severo se defendia con argumentos típicos y jugaba con el nombre de su angustiada esposa, llamada Angustias.
No pude ver el veredicto del juez, porque me tuve que ir corriendo a trabajar. El caso: tópicos típicos. Vale. Pero... ¿y los nombres? Severo y Angustias.
Y no me lo creí. No puedo dejar de pensar que son actores, mira tú. Y en que los guionistas deberían haberles puesto a los actores unos nombres menos explícitos.
Últimamente, yo, que me lo creía casi todo, no me creo nada.