Yo, bola.
Desde que tengo uso de conciencia (¿?), siempre quise ser un cubo.
Pero bastaba mirarme para saber que nací redonda.
Y bastaba rozarme para que me pusiese a rodar y a rodar sobre cualquier superficie.
Mi peor pesadilla infantil fueron las cuestas abajo. También las cuestas arriba.
Porque fuese como fuese la cuesta, yo siempre me caía rodando hacia abajo.
Soñaba muchas veces cómo sería cuando me hiciese mayor. Soñaba con que me saldrían aristas, que crecerían en mí. Al principio cómo tímidas prolongaciones. Luego tomarían forma, formarían unas aristas bellas y perfectas que cambiarían mi vida, mis costumbres, mi apariencia interior...
Hermosas aristas que detendrían mi redonda e inevitable caída.
Y cuando veía a los cubos, esos "figuras" tan bien plantados en mitad de las pendientes, pensaba en sus rectas. "Mamá, ¿me crecerán las aristas?".
Mi madre, que es una bola, como yo, me decía "No hija. Te harás mayor, pero a no ser que te rompas del todo, tú no tendrás nunca aristas. Con el tiempo aprenderás a frenar de otras maneras".
No me he roto, y ahora ya soy una figura-bola hecha y derecha. Redonda y absolutamente lisa.
Y ya no envidio a las aristas. Aunque las sigo encontrando preciosas, extrañas, atractivas.
Y casi siempre encuentro otra figura en la que apoyarme. A veces, encuentro dos.
¡Es genial tener "figuras" al lado, y que sean tan diferentes de una!



Lucas dijo
En esas diferencias que tenemos entre todos es que está el verdadero sabor de la vida...
11 Marzo 2009 | 03:23 AM