Allá por la prehistoria, cuando el día amanecía gris de lluvia, las madres cogían el paraguas, iban a la pescadería y traían a las casas un quilo "bien pesado" de boquerones de plata, sin preocuparse de si eran pescado blanco o azul, los limpiaban, los salaban, los enharinaban y los hacían "reír" en una sartén llena de aceite.
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Mientras, los padres, que no tenían ni idea de lo de la pirámide de los alimentos, ponían en remojo el pan duro de toda la semana, le echaban sal, lo deshacían con las manos, lo escurrían y lo ponían en un plato.
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Freían unos dientes de ajo en la sartén, con unos trozos de tocino fresco cortado a cuadritos.
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Sin quitar nada de la sartén, freían un par o tres de cucharadas de harina hasta que se tostaba y se tornaba dorada.
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Y añadían el pan remojado en agua y se ponían a remover.
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Remover y remover la sartén, como si fuese la vida: sin prisas, pero sin pausas, como el "calabobos" que caía en la calle.
Y los más pequeños de la casa, se encargaban de lavar las uvas, de pelar y trocear una buena bandeja de naranjas, de poner en la mesa los vasos, los platos, la botella de vino y la gaseosa.
¡Y en un rato, llegaban las migas, los boquerones, las naranjas y las uvas dulces!
Yo las aprendí a hacer de mi padre.
Y mi padre, del suyo.
Y mi agüelo de su padre.
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Y sin saber desde cuando existen, puedo jurar sin temor a equivocarme que las migas existen desde siempre.
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Y seguro que en el cielo, también hacen migas cuando llueve.
En 1969 yo casi estaba en el mundo, y el hombre pisó la luna.
Y en 1969 un Serrat de 25 años publica un disco dedicado a Antonio Machado.
Y en 1969, los puristas levantaron su voz y dijeron:
"A los grandes poetas hay que respetarlos, y no se les puede musicar"
Serrat, recordando a aquellos puristas, comentaba:
"No me atacaban a mi. Atacaban la incultura general del país.
En el año 69, un hombre culto literariamente era el que conocía a Machado antes de que el Serrat lo cantara.
La auténtica contribución a la poesía no ha de venir a través de un cantante popular, sino que ha de venir de un ministerio de educación y cultura que tiene que tener cualquier país.
Y si el país no conocía a Machado antes del 68 era culpa del ministerio de cultura que no se preocupó nunca de educar a su pueblo, y que hizo de la educación algo puramente clasista".
Y mientras más conozco a Serrat más le amo. Y le doy gracias por nacer antes que yo, y por dejar (¡a su edad!) que yo (¡a mi edad!) le ande metiendo mano cada vez que me da la gana.
Cuando era pequeña guiñaba los ojos para reconocer a quien venía por el otro lado de la calle, para leer lo que escribía la "seño" en la pizarra, para saber si era verdad que mi hermano nadaba hasta la línea de la playa y volvía, para ver las chuches de la estantería del kiosco.
Pero nunca los guiñaba para ver los dibujos de mis cuentos cosidos, ni para darle un beso a mi madre, ni para mimar a mi perro. Para éso, me bastaba con acercarme mucho a ellos.
Tampoco los guiñaba para reposar la vista en el horizonte, ni para ver las luces de las calles en navidad.
Porque todas esas cosas eran perfectas así.
Pero como el mundo de los mayores no estaba hecho para mis ojos, la "seño", mis padres y el oculista se pusieron de acuerdo en que tenía un exceso de potencia dióptrica, y que ningún exceso, por miope que sea, es bueno.
Entonces decidieron que delante de mis ojos debían poner unos cristales que modificasen mi excesiva realidad para adaptarla a la disminuida realidad de los demás.
Entonces lo que escribia la "seño" en la pizarra tomaba otra forma más cerrada, los chupachups de Kojak no eran dispersos, las luces de la calle en navidad no tenían forma de estrella, y descubrí antes de aprender a nadar que mi hermano me tomaba el pelo con lo de "nado hasta la línea y vuelvo", y dejé de ser la niña de los ojos bonitos para pasar a ser "gafitascuatrojoscapitanadelospiojos".
Y algunas de mis costumbres fueron cambiando, dejé de guiñar los ojos para leer el nombre de una calle, para saber quien venía por la acera de enfrente, para leer libros de mayores.
Pero aún hay muchas costumbres que no he cambiado, y me gusta besar sin lentes, me gusta acercarme mucho para ver las fotos o las letras que me gustan, me gusta ver las calles en navidad sin ningún trasto entre la calle y mis ojos, y me sigue importando un carajo saber quien va por el otro lado de la calle.
Eso si, si percibo que levantan la mano y me saludan, aunque me importe un carajo, guiño los ojos para reconocerla, y aunque no consiga adivinar sus facciones, respondo con una sonrisa.
Se llamaba Juan Repiso, por uno de los siete "niños" de Écija que cantaba el Romance de la Diligencia de Carmona.
Remolino en el camino, siete bandoleros bajan de los alcores de El Viso con sus hembras a las ancas.
Juan Repiso era negro, pequeño, macizo y apretao como una morcilla. Cuando yo le conocí ya era viejo y no quería jugar con nosotros. Pero adiestrado por la agüela, no nos dejaba ni a sol ni a sombra. Que tirábamos pa'l río, pa'l río tiraba Juan Repiso. Que íbamos a la vega, pá la vega que iba Juan Repiso, cebao cómo una morcilla, con su cabeza gorda y sus paticas cortas.
Cruza pronto los palmares. No hagas alto en las posadas. Mira que tus huellas huellan siete ladrones de fama.
Dormía en el corral, porque "los animales no son personas, por eso comen si sobra y por eso duermen al sereno".
Supongo que me movía el cariño que le tenía a Juan Repiso, por eso cuando mi agüela nos contaba la historia de cómo llegó a la casa, yo le decía que Juan Repiso debía haberse llamado como el otro "Capitán", Luis de Vargas.
Pero mi agüela decía que Juan Repiso no tenía pintas de capitán. Tenía pintas de bandolero, y por eso le pusieron el nombre.
Ellas, navaja en la liga, ellos la faca en la faja. Ellas, la Arabia en los ojos, ellos, el alma a la espalda.
Durante unas vacaciones en el pueblo, fueron a hacer una visita a un cortijo vecino y se lo encontraron en el camino de vuelta. Mi hermano mayor lo acarició, y Juan Repiso les siguió hasta el pueblo.
Cuando llegaron a la casa, la agüela lo despachó, pero a la mañana siguiente, el perro seguía a la puerta de la casa. Y mi hermano, a pesar de la bronca que le echó mi agüela, le dió un trozo de pan seco.
Decía mi agüela que por la manera en que engullía se iba a llamar Tragabuches. Pero a mi hermano le dió pena ponerle ése nombre, y por eso le llamó Juan Repiso, como otro bandolero del romance.
Tragabuches, Juan Repiso, Satanás y Malafacha, José Candio y el Cencerro y el Capitán, Luis de Vargas
Pasaron las vacaciones, mi hermano volvió a Barcelona y mi agüela se quedó otra vez en el pueblo. Pero ahora ya no estaba sola, que estaba con Juan Repiso.
Echa vino, montañés, que lo paga Luis de Vargas. El que a los pobres socorre y a los ricos avasalla.
Y cada año, cuando íbamos a verla, ella nos veía más grandes, y nosotros la veíamos más vieja. A ella y a Juan Repiso, que caminaba con paso lento detrás nuestro verano tras verano.
Un año, Juan Repiso ya no estaba más.
"El mal camino hay que andarlo pronto. Que Juan Repiso se ha muerto"
Así, sin más.
Así decía mi agüela las cosas que dolían, pronto, de frente y sin adornos.
Era extraño caminar por las calles del pueblo sin la sombra de Juan Repiso a la espalda, sin oir sus patas lentas andar en el empedrao...
Y mi agüela se hacía la dura, pero yo sé que también echaba de menos a Juan Repiso.
Nunca hablo de ello. Nunca se me ha preguntado correctamente por ninguna de ellas.
Pero sé que las tengo.
Y no una, ni dos, ni tres. Las tengo todas.
No es prepotencia, no, es todo lo contrario a la prepotencia.
Pero si nadie me pregunta de forma correcta qué palabra define lo contrario de la prepotencia, nunca jamás lo podré decir, y será una respuesta más a añadir a las miles de respuestas que esperan ser preguntadas.
Sé que tengo miles de respuestas prisioneras en miles de cofres cerrados bajo llave.
Sólo necesito una buena pregunta, encerrada entre dos llaves perfectas...
Tal vez ésta sería una buena pregunta para alguien que tuviese todas las preguntas, pero no para mí.
Porque yo no tengo todas las preguntas.
Para mi desgracia, no tengo preguntas.
Tengo todas, absolutamente todas las respuestas, esperando una buena pregunta que pueda abrir la caja donde guardo todas las respuestas.
Como toda propuesta libre, quedaba a mi elección aceptar, posponer o denegar la propuesta.
Se trataba de hacer un viaje con Pomponio.
Antes de decidirme, leí con atención la contraportada...
Como estaba muy cansada después de un dia de Sant Jordi ajetreado, decidí posponer mi decisión hasta el día siguiente.
Al día siguiente volví a pensar en el viaje, y sopesé sus ventajas e inconvenientes.
Las ventajas: viajar a lugares desconocidos de la mano de un desconocido ciudadano romano de familia patricia, educado como pocos, conocer otras maneras de vivir, aprender de las sabias palabras del sabio patricio, disfrutar de la fina ironía de Pomponio cómo cicerón del viaje, y sonreír con su dialéctica página si, página no y reír a carcajada limpia en muchas ocasiones.
Los inconvenientes: el enfado (para mi oído y para mi olfato) que inesperadamente y sin advertencia previa me produjeron las primeras flatulencias que, haciendo honor al cognomen de Pomponio, salieron expelidas de su cuerpo nada más empezar el viaje.
Confieso que a punto estuve de desandar lo andado...
Pero a la vista está que no. ¡Por Hércules, si se me ha contagiado hasta su forma de hablar!.
Si teneis ocasión y oportunidad de realizar un viaje con Pomponio, hacéos de un buen eliminador de olores y no lo penséis dos veces.